Lo que cuesta de verdad la ropa

Ropa barata

La ecuación es sencilla y no tiene ningún misterio. A las empresas de ropa (como a tantas otras en tantos otros sectores) les sale mucho más barato elaborar sus productos en países donde el gasto que supone pagar a los trabajadores es mínimo. En Bangladesh, por ejemplo, la paga media de estos empleados son 38 euros mensuales, equivalentes a un salario mínimo que está entre los más bajos del mundo. Ello permite a las firmas bajar los precios en los puntos de venta hasta niveles que, de tener que cargar con los costes de los salarios, los impuestos y las condiciones de seguridad laboral del primer mundo, no resultarían “competitivos”.

La fórmula se completa con otros dos factores igualmente importantes: Por un lado, por muy bajos que sean los salarios que las empresas de ropa pagan en el tercer mundo, éstos suelen ser mayores que la media allí. En contextos donde además existe un desempleo endémico,siempre habrá personas dispuestas a trabajar. Por otro lado, los consumidores occidentales demandan, obviamente, ropa barata, y son muy pocos los que que, especialmente en estos tiempos de crisis, están dispuestos a pagar más o a mirar la etiqueta de una chaqueta antes de comprarla.

Al final, las empresas salen ganando, los consumidores del primer mundo salen ganando, y los trabajadores del tercer mundo salen también ‘ganando’, teniendo en cuenta que no tienen muchas opciones mejores de supervivencia. Hasta que se derrumba un edificio, mueren cientos de personas y entonces se hace evidente que algo no funciona.

Un dilema falso

El problema de fondo es asumir que el único modo de que haya ropa barata es que ésta se produzca en condiciones indignas. En una economía de mercado todo es relativo, y la última palabra la tiene siempre el consumidor, por más que su comportamiento esté condicionado por el bombardeo de la publicidad, las posibilidades que dan los sistemas de crédito o la caducidad programada de los bienes que adquiere. Bastaría, en principio, con no comprarropa proveniente de países donde sabemos que las condiciones de trabajo son inhumanas, más propias del siglo XIX que del XXI. Sin embargo, la única alternativa parece ser comprar ropa más cara, y eso no resulta sencillo para tantas familias (cada vez más) a las que les cuesta un mundo no ya llegar a fin de mes, sino llegar incluso a la semana siguiente.

Una respuesta a este teórico dilema es ser conscientes de que el consumidor tiene voz además de dinero. Como explica Ellen Ruppel Shell, autora del libro Cheap: The High Cost of Discount Culture (Barato: El alto costo de la cultura del descuento), publicado en 2009, “la forma más fácil que tienen las empresas de ropa de minimizar sus costos de producción es reducir los costes laborales, pero si los consumidores protestan y exigen con la fuerza suficiente, las empresas acabarán pagando mejores salarios y mejorando las condiciones de trabajo”. En un mundo tan interconectado y expuesto como el actual, las empresas cuidan al máximo su imagen y el daño producido por una campaña negativa puede ser muy importante.

Tal vez bastaría con empezar haciendo preguntas. Muchas páginas web de empresas de ropa tienen apartados sobre sostenibilidad y sobre sus compromisos con el trabajo digno, en las que aseguran que inspeccionan regularmente sus fábricas. Pero no suelen decir, por ejemplo, qué es lo que encuentran en esas inspecciones, o qué hacen al respecto.

El coste laboral
de una camiseta fabricada en Bangladesh que
se vende a 20 euros es de 1,5 céntimosLa otra solución, la más efectiva, es, no obstante, más complicada, porque reside en la parte de las compañías: ¿Se llevan sus fábricas al tercer mundo para abaratar costes o lo hacen para aumentar más aún sus beneficios? Kevin Thomas, director de la ONG Red de Solidaridad de las Maquiladoras, lo tiene claro: “Cuando una empresa realiza mejoras en sus condiciones laborales, o incluso en sus salarios, el coste real en el producto final es de apenas unos centavos, no es algo que pueda preocupar a los consumidores. Lo único que hace falta es que las compañías renuncien a parte de sus enormes ganancias y se aseguren de que están haciendo las cosas bien”, indica en una reciente entrevista al diario canadiense The Globe And Mail.

Según el sindicato internacional europeo IndustriALL, el coste laboral de una camiseta fabricada en Bangladesh que se vende a 20 euros es de 1,5 céntimos.

Estas son, en preguntas y respuestas, algunas de las principales claves del negocio de la ropa barata y del accidente que lo ha puesto, como pocas veces antes, al descubierto.

Fuente: www.20minutos.es

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